El Espíritu Santo Vida del Cristiano – San Francisco y Santa Clara

sanfranciscoysanataclaradeaias_jmaSU CONCEPTO ACERCA DEL MUNDO

La Sabiduría del Espíritu Santo consiste para Francisco en querer y preocuparse más de obrar religiosa y santamente en el interior del espíritu, deseando sobre todas las cosas el respeto, sabiduría y amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que de hablar y exhibir una religión externa y aparente. Así dice:

“el espíritu de la carne quiere y se preocupa mucho de hablar y poco de obrar… y busca no religión y santidad interior de espíritu sino externa y aparente. Por el contrario el Espíritu del Señor nos lleva a desear que la carne esté mortificada y a tener sobre todas las cosas el respeto, sabiduría y amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (1Re 17,10-16).

El Espíritu Santo que convence al mundo de pecado, empuja al hombre a obrar sólidamente, con consistencia, y a no hacer de su vida fuegos fatuos. El Espíritu Santo nos lleva a preferir, enseña Francisco, mantener un ‘bajo perfil’ de lo meramente humano o natural, de la carne. Lo dice él, que encabeza una escuela de humildad, una vida de estable minoridad y rechazo de los ascensos, enriquecimiento, de las hegemonías dentro de la colectividad y del prestigio.

MATERIA Y ESPIRITU

Para Francisco la carne es siempre opuesta a todo lo bueno y pronta a presumir y enorgullecerse por cualquier bien que se manifieste en su persona; en cambio quién ha sido empapado por el Espíritu del Señor, reconoce que en ello va solamente la obra del Señor por medio suyo.

“Podemos conocer si participamos del Espíritu del Señor, si cuando el Señor obra algún bien por medio nuestro, no se engríe por ello la carne, opuesta siempre a todo lo bueno, antes bien, se mira más vil a sus propios ojos y se estima inferior a todos los demás hombres” (Ad 12).

Sobre el escenario de una existencia en la carne, en el mundo, Francisco considera realistamente la dificultad de llevar una vida en el Espíritu, reportándonos a este, a Dios y no envaneciéndonos vana y neciamente en lo que nosotros somos o tenemos. A estas luces, es claro que el mundo, la humanidad, constituye una realidad aún no plenamente redimida , no santa. Y que el espíritu del mundo, de Satanás, procura y tiene la posibilidad de arrastrar al hombre a negar a Dios y vivir a sus espaldas. Pues, como dice Francisco:

“El pecado es deleitoso al cuerpo y amargo el servir a Dios; todos los vicios y pecados están en y brotan del corazón del hombre” (2CtaF 69).

Sobre el mismo concepto acerca de la vida según la carne y el mundo, y la vida en el Espíritu, escribe santa Clara a la beata Inés de Praga, hija del rey de Bohemia, hecha religiosa de claustro:

“A la venerable y santísima virgen, señora Inés, hija del excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia. Me ha llenado de gozo y de júbilo en el Señor que tú, cuando hubieras podido gozar más que nadie del fausto y de los honores y dignidades mundanas, estando en tus manos desposarte legítimamente con el ínclito emperador, con todo el esplendor de gloria que convenía a tu excelsa posición y a la suya, hayas rechazado todo eso y hayas preferido abrazar con toda el alma y todo el ardor de tu corazón la santísima pobreza y las privaciones del cuerpo, para entregarte a un esposo de más noble alcurnia, el Señor Jesucristo.

Sabes que el reino de los cielos lo promete el Señor solamente a los pobres, ya que cuando se aman las cosas temporales, se pierde el fruto de la caridad. No es posible ambicionar gloria en este mundo y reinar después con Cristo. Por eso te has despojado de las riquezas temporales para no sucumbir ni por un momento en la lucha y entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta. Magnífico negocio: abandonar lo temporal por lo eterno, ganar lo celestial por lo terreno, recibir el ciento por uno y asegurar por toda la eternidad la vida bienaventurada” (Cl1C).

EL ESPIRITU EN EL MUNDO

Francisco y Clara no son unos ‘misántropos’, personas que odian relacionarse con la humanidad y demás seres de su condición, o unos ‘maniqueos’ personas que tienen por mala la materia, la carne y por bueno solo lo incorpóreo. Por el contrario, ellos son cristianos, y como vimos en el “Cántico de las Criaturas”, miran el mundo natural con ojos del Espíritu. Francisco ora:

“Padre, te damos gracias porque, por tu santa voluntad, por medio de tu único Hijo y del Espíritu Santo, has criado todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza nos colocaste en el paraíso. Y nosotros por nuestra culpa caímos” (1R 23,1s).

Su mirada embargada a la naturaleza cual obra divina, no ignora la imperfección y limitación de la misma a causa de nuestra deliberada y culpable caída. Sabe que la presencia del Espíritu en el mundo no está intacta como en los orígenes. En su lugar pugna por prevalecer, por la vía de nuestra libre determinación, el príncipe de este mundo, Satanás. Aunque, merced a Jesucristo, en adelante el reinado de Dios y del Espíritu sobrevendrá, bajo la sola condición de nuestra libre adhesión o acogida en la fe.

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