Resumen de la exhortación “Gaudete et exsultate”, sobre la «llamada a la santidad en el mundo contemporáneo» – Papa Francisco

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La exhortación “Gaudete et exsultate”, sobre la «llamada a la santidad en el mundo contemporáneo», es un documento que, en cinco capítulos y 177 párrafos, invita a ser santos hoy. Explicando que no se trata de una llamada para pocos, sino que es una vía para todos, que se debe vivir en la cotidianidad: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad […] Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada», escribe el Papa Francisco.

La “clase media” de la santidad 

En el primer capítulo el Papa invita a no pensar solo en los santos «ya beatificados o canonizados», y recuerda que «no existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado» (6). «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo […] Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”» (7).

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Posibilidad para todos 

Francisco invita a no desanimarse frente a «modelos de santidad que le parecen inalcanzables», porque debemos seguir el «camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros» (11). El Papa explica que también existen «estilos femeninos de santidad» (12), e insiste en que para ser santos «no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra» (14).

La santidad de los pequeños gestos 

El Papa recuerda que la santidad «irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: “No, no hablaré mal de nadie”. Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica» (16). «Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida» (24).

El compromiso en el mundo no es una “distracción” 

El Papa escribe que «no es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio» (26). A veces «tenemos la tentación de relegar la entrega pastoral o el compromiso en el mundo a un lugar secundario, como si fueran “distracciones” en el camino de la santificación» (27). Pero esto no implica «despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios». Incluso porque en la actualidad, «las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios» (29). Por ello, invita a no tener miedo «de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría» (32).

Los dos “sutiles enemigos de la santidad” 

En el segundo capítulo, Francisco advierte sobre dos “sutiles enemigos”, el gnosticismo y el pelagianismo: «dos formas de seguridad doctrinal o disciplinaria que dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar» (35). Cuidado: esta actitud, advierte el Papa, se puede encontrar también dentro de la Iglesia. Es «propio de los gnósticos creer que con sus explicaciones ellos pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan» (39).

Demasiadas respuestas “justas” de los falsos profetas 

«Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas –escribe el Papa–, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta […] Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia» (41). Francisco recuerda que «nosotros llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Con mayor dificultad todavía logramos expresarla. Por ello no podemos pretender que nuestro modo de entenderla nos autorice a ejercer una supervisión estricta de la vida de los demás» (43). La doctrina, afirma el Papa Bergoglio, «o mejor, nuestra comprensión y expresión de ella, no es un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes» (44).

Encomendarse a las propias fuerzas 

Los pelagianos son los que transmiten la idea de que «todo se puede con la gracia de Dios, en el fondo suelen transmitir la idea de que todo se puede con la voluntad humana, como si ella fuera algo puro, perfecto, omnipotente, a lo que se añade la gracia» (49). «La gracia –recuerda Francisco– precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe» (50).

Actitudes egocéntricas 

«Los santos evitan depositar la confianza en sus acciones» (54), escribe el Papa. «Lo primero es pertenecer a Dios. Se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros» (56). Pero todavía hay «cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas», que se traduce en «una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor» y se manifiesta en muchas actitudes: «la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos» (57). Muchas veces, «en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas normas propias» (58).

La caridad en el centro 

«Es sano recordar frecuentemente –concluye el Papa– que existe una jerarquía de virtudes», y «en el centro está la caridad» (60). En otras palabras: «en medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones, Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros, el del Padre y el del hermano» (61).

Las bienaventuranzas hoy 

En el tercer capítulo, Francisco presenta las bienaventuranzas evangélicas como el «carnet de identidad del cristiano». Y lleva a cabo una relectura de ellas actualizándolas.

«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»  

«Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos» (68).

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra»  

«Es una expresión fuerte, en este mundo que desde el inicio es un lugar de enemistad, donde se riñe por doquier, donde por todos lados hay odio, donde constantemente clasificamos a los demás por sus ideas, por sus costumbres» (71). El Papa recuerda que «aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre, y hasta los adversarios deben ser tratados con mansedumbre. En la Iglesia muchas veces nos hemos equivocado por no haber acogido este pedido» (73).

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»  

«La persona que ve las cosas como son realmente –escribe Francisco–, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz» (76).

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados»  

«La justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manchada por intereses mezquinos, manipulada para un lado o para otro. La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del “doy para que me den”, donde todo es negocio» (78). «Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (79).

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»  

«“Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella”. El Catecismo nos recuerda que esta ley se debe aplicar “en todos los casos”» (80). Jesús, recuerda el Papa, «no dice: “Felices los que planean venganza”, sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen “setenta veces siete”» (82).

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»  

«El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz» (87). Mientras los pacíficos «construyen paz y amistad social» (88). Aunque, reconoce, «no es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas […] a los que son diferentes» (89).

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»  

«Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda» (90). «No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable» (91). Pero Francisco explica también que «un santo no es alguien raro, lejano, que se vuelve insoportable por su vanidad, su negatividad y sus resentimientos. No eran así los Apóstoles de Cristo. El libro de los Hechos cuenta insistentemente que ellos gozaban de la simpatía “de todo el pueblo”» (93). En cuanto a las persecuciones, «no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades» (94).

El protocolo según el que seremos juzgados 

Francisco evoca las palabras de Jesús sobre darle de comer a los hambrientos y acoger a los extranjeros, presentándolas como «un protocolo sobre el cual seremos juzgados». «Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie –afirma el Papa–, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos!» (98).

Riesgo de reducir todo a una ONG y la desconfianza por el compromiso social 

Desgraciadamente, escribe Francisco, a veces «las ideologías nos lleven a dos errores nocivos». Por una parte, el que lleva a transformar «al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa» (100); por otra, está el error de los que viven «sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista» (101).

Defender la vida… toda

«La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo –escribe el Papa–, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo» (101).

Los migrantes (y la bioética) 

El Papa incluye en este punto una reflexión sobre los migrantes. «Suele escucharse que, frente al relativismo y a los límites del mundo actual, sería un asunto menor la situación de los migrantes, por ejemplo. Algunos católicos afirman que es un tema secundario al lado de los temas “serios” de la bioética. Que diga algo así un político preocupado por sus éxitos se puede comprender; pero no un cristiano, a quien solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos. ¿Podemos reconocer que es precisamente eso lo que nos reclama Jesucristo cuando nos dice que a él mismo lo recibimos en cada forastero» (102). Por lo tanto, aclara Francisco, «no se trata de un invento de un Papa o de un delirio pasajero» (103).

No solo culto, oración y normas éticas 

«Podríamos pensar –subraya el Papa Bergoglio– que damos gloria a Dios solo con el culto y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas (es verdad que el primado es la relación con Dios), y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás» (104). «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida […] está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (107).

Los riesgos del consumismo 

«El consumismo hedonista –advierte Francisco– puede jugarnos una mala pasada, porque en la obsesión por pasarla bien terminamos excesivamente concentrados en nosotros mismos, en nuestros derechos y en esa desesperación por tener tiempo libre para disfrutar […] También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos» (108).

El santo, los peligros de la red y de los medios católicos de comunicación 

En el cuarto capítulo Francisco presenta algunas características «indispensables» para el estilo de vida del santo. Se comienza con soportación, paciencia y mansedumbre. «También los cristianos –escribe el Papa– pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet […] Aun en medios católicos se pueden perder los límites, se suelen naturalizar la difamación y la calumnia, y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama ajena». «Es llamativo que a veces, pretendiendo defender otros mandamientos, se pasa por alto completamente el octavo: “No levantar falso testimonio ni mentir”, y se destroza la imagen ajena sin piedad» (115). El santo, recuerda Francisco, «no gasta sus energías lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de sus hermanos y evita la violencia verbal» (116). No es bueno, efectivamente, «mirar desde arriba, colocarnos en el lugar de jueces sin piedad, considerar a los otros como indignos y pretender dar lecciones permanentemente. Esa es una sutil forma de violencia» (117).

Las humillaciones necesarias 

«La humildad –explica el Papa Bergoglio– puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad (118). Francisco no se refiere solo a situaciones violentas de martirio, «sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor» (119).

Alegría y humor 

El Papa subraya que lo que ha afirmado en el documento hasta este punto «no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado» (122). El malhumor, pues, «no es un signo de santidad» (126). Francisco se refiere a esa «alegría que se vive en comunión, que se comparte y se reparte, porque “hay más dicha en dar que en recibir”» (128).

Audacia y fervor 

Bergoglio resume estos elementos en una palabra: «audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía» (129). «Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar» (131). Entonces, hay que superar la tentación de «huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas» (134).

Dios es novedad 

«Dios siempre es novedad –escribe Francisco–, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras […] allí lo encontraremos, él ya estará allí» (135). Nos pone en movimiento, recuerda el Papa, el ejemplo de muchos sacerdotes, religiosas y laicos «que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante» (138). Y Francisco recuerda lo difícil que es «luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados» (140). Es, pues, importante, «la vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa», que «está hecha de muchos pequeños detalles cotidianos» (143): también Jesús «invitaba a sus discípulos a prestar atención a los detalles».

Oración y adoración

«Finalmente, aunque parezca obvio –precisa Francisco–, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración» (147). El Papa pregunta: «¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por Él?» (151). Pero este silencio orante no es una «evasión que niega el mundo que nos rodea» (152).

En lucha contra el diablo 

El quinto capítulo advierte que el camino para la santidad es también «una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal» (159). El «mal» citado en el Padre Nuestro es «el Maligno» e «indica un ser personal que nos acosa» (160). «No pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios» (161). Y puede llevar a la «corrupción espiritual», que «es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito» (165).

La vía del discernimiento 

«¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma –recuerda Francisco– es el discernimiento», que «es también un don que hay que pedir» (166). «Hoy día –continúa el Papa–, el hábito del discernimiento se ha vuelto particularmente necesario […] Todos, pero especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante […] Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento» (167). Este discernimiento «no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial»; «es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor […] Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante» (169). Por lo tanto, el Papa pide «a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día […] un sincero “examen de conciencia”» (169).

Escuchar y renunciar a los propios esquemas 

Solo «quien está dispuesto a escuchar –concluye Francisco– tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. Así está realmente disponible para acoger un llamado que rompe sus seguridades pero que lo lleva a una vida mejor» (172). Esta actitud «implica, por cierto, obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado», porque «lo que era útil en un contexto puede no serlo en otro. El discernimiento de espíritus nos libera de la rigidez, que no tiene lugar ante el perenne hoy del Resucitado» (173).

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