«El arte de aprovechar nuestras faltas» – José Tissot

Primera Parte. Capítulo III, n.4

Ya se entrevé en todos estos textos cómo San Francisco de Sales combate el desaliento, atacando directamente sus causas. ¿Por qué nos desanimamos? Porque exageramos nuestra flaqueza o porque desconocemos la misericordia divina; y las más de las veces, por esos dos motivos juntos. En esto, dicho sea de paso, sucede un fenómeno extraño y, no obstante, muy corriente. El pecador cae por haber ignorado su propia flaqueza y por haber exagerado la misericordia de Dios; después de la caída, renacen estos dos mismos sentimientos, pero en sentido inverso: la flaqueza adquiere a sus ojos proporciones desmesuradas, envuelve al alma como en un manto de tristeza y de confusión, que la aplasta; en cambio, Dios, a quien poco antes se ofendía con toda facilidad, presumiendo un perdón fácil, aparece ahora como un vengador inexorable. El alma culpable tiene miedo de Él y vergüenza de sí misma, y, si no reacciona contra estas dos funestas tentaciones, renuncia cobardemente a la lucha: en vez de arrancarse de los lazos del pecado, se entrega a él sin resistencia. Éste es el desaliento, la capitulación de la voluntad, la resolución de hacer lo contrario de lo que debe hacerse, cuyo fatal resultado es con mucha frecuencia la impenitencia final.

Nuestro santo Doctor cuida de curar por sus contrarias estas dos disposiciones que dan lugar al desaliento. Hace comprender al alma que desea santificarse, que el camino que emprende es largo y penoso, que su falta de fuerzas es grande, comparadas con las dificultades del viaje; pero al mismo tiempo le hace ver que todo lo puede en Aquél que la conforta, lo mismo después de una caída que antes de caer; le muestra el corazón de Dios pronto y generoso en el perdón, al mismo tiempo que es un brazo fuerte para darle apoyo. «La soledad tiene sus asaltos, el mundo tiene sus peligros; en todas partes es necesario tener buen ánimo, porque en todas partes el Cielo está dispuesto a socorrer a quienes tienen confianza en Dios, a quienes con humildad y mansedumbre imploran su paternal asistencia» (Carta a su hermana, 761). «Debéis renovar todos los propósitos de enmienda que hasta ahora habéis hecho; y aunque veáis que, a pesar de esas resoluciones, continuáis enredada en vuestras imperfecciones, no debéis desistir de buscar la enmienda, apoyándoos en la asistencia de Dios. Toda vuestra vida seréis imperfecta y tendréis mucho que corregir; por eso tenéis que aprender a no cansaros en este ejercicio» (Carta a una Religiosa, 784). «Conservad la paz… Cuando sucede que, por un pronto de amor propio y de las pasiones, hemos faltado a las leyes de la indiferencia, en cosas que son indiferentes, inclinemos nuestro corazón delante de Dios cuanto antes y digámosle con espíritu de confianza y de humildad: Señor, misericordia, porque estoy enfermo (Salm 7, 2). Levantémonos con paz y tranquilidad, reanudemos el hilo de nuestra indiferencia y sigamos en nuestra tarea. No es necesario romper las cuerdas y arrojar el laúd cuando vemos que está desafinado, sino que hay que poner oído atento para descubrir dónde está el desconcierto, y tensar o aflojar la cuerda nuevamente, según lo requiera el caso» (Carta a la Presidenta de Herce, 212). «Pero al ver lo elevado que es el monte de la perfección cristiana, te oigo decir: ¡Dios mío! ¿Cómo voy a poder subirlo? Ánimo, Filotea; Cuando las crías de las abejas, a las que llaman ninfas, empiezan a tomar forma, todavía no pueden volar sobre las flores por montes y collados para recoger la miel; pero manteniéndose con la que han recogido sus madres, van poco a poco echando alas y tomando fuerzas, de manera que después son ellas las que vuelan por todo el campo para recogerla. Pues nosotros somos todavía como ninfas pequeñas en la devoción, y no estamos en condiciones de subir hasta donde querríamos, que es nada menos que la cima de la perfección; pero si empezamos a tomar forma por medio de nuestros deseos y de nuestros propósitos, comenzarán a nacernos alas, y un día, como las abejas, volaremos.

Entre tanto, vivamos de la miel de las muchas enseñanzas como nos han dejado los antiguos devotos, y roguemos a Dios que nos dé alas como de paloma, para que no sólo podamos volar durante el tiempo de la vida presente, sino también alcanzar el reposo en la eternidad de la futura» (Intr. a la vida devota). «Nunca se acaba la tarea; es preciso volver a comenzar siempre, y volver a comenzar con buena voluntad. Cuando el hombre haya acabado, dice la Sagrada Escritura, entonces volverá a empezar (Ecles 17, 6). Lo que hasta ahora hemos hecho es bueno, pero lo que vamos a empezar es todavía mejor; y, cuando ya hayamos acabado, volveremos a empezar otra cosa que todavía será mejor, y después otra, hasta que salgamos de esta vida para comenzar otra vida que no tendrá fin, porque ya nada mejor nos podrá acontecer. Ved pues, amada Madre, si hay que llorar cuando tan grande tarea pesa sobre nuestra alma, y si es necesario tener ánimo para ir siempre más adelante, puesto que es preciso no detenerse jamás, y si hay que tener resolución para cortar, puesto que hay que aplicar la cuchilla hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y los tuétanos (Hebr 4,12)» (Carta a Santa Chantal, 332). «Verdaderamente que es una lástima grande que el sólo deseo de la perfección no sea bastante para tenerla, y que haya que conseguirla con el sudor de nuestro rostro y a fuerza de trabajos… Me diréis: ¡somos tan imperfectos! —Será así, pero no os desaniméis por eso, y no penséis que vais a poder vivir sin imperfecciones, porque esto no es posible mientras estéis en este mundo: basta con que no las améis ni les déis albergue en vuestro corazón, es decir, que no las cometáis voluntariamente ni queráis manteneros en ellas. Si es así, podéis conservar la paz y no os turbéis por la perfección que queréis alcanzar: bastará que la tengáis al morir. No seáis tan tímidos; caminad con firmeza por el camino de Dios. Estáis armados con el arma de la fe y nada os podrá dañar» (Sermón para el primer Domingo de Cuaresma). «Es necesario, Filotea, tener ánimo y paciencia en esta empresa (la de la purificación del alma). ¡Cuán dignas de lástima son aquellas almas que después de haber practicado algún tiempo la devoción, viéndose todavía con muchas imperfecciones, se inquietan, se turban y se desaniman, dejándose casi llevar por la tentación de abandonarlo todo y de volverse atrás! Para ejercicio de nuestra humildad conviene que alguna vez salgamos heridos en esta batalla espiritual; pero nunca quedamos vencidos, sino cuando perdemos la vida o el valor. Puesto que las imperfecciones y los pecados veniales no son capaces de quitarnos la vida del alma, que solamente se pierde por el pecado mortal, lo que tenemos que hacer es procurar que no nos quiten el valor. Por eso decía David: Aguardaba a Aquél que me salvó de la pusilanimidad de espíritu y de la tempestad, porque realmente tenemos una gran ventaja para salir siempre vencedores en esta guerra: saber que no necesitamos más que querer pelear»(Intr. a la vida devota).

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