“La Efusión del Espíritu y la Nueva Evangelización” – Enseñanza

Espíritu Santo_jmaPbro. Reinaldo Gámez

INTRODUCCIÓN

En la medida que vamos caminando con el Señor y que vamos abriendo el corazón a lo que Él mismo nos sugiere, sin lugar a dudas nuestras vidas empiezan a cambiar favorablemente. No obstante, una auténtica entrega al Señor –que se evidencia en un crecimiento ascendente en la vida espiritual-, será realmente auténtica en la medida que el discípulo de Jesucristo, va realizando los cambios concretos que su vida requiere. El Apóstol Pablo en el Capítulo 12 de su Carta a los Romanos, nos exhorta a ofrecer (ENTREGAR) nuestros cuerpos como una ofrenda grata a Dios. Son nuestras vidas, todo lo que significa nuestra persona lo que realmente el Señor quiere que le entreguemos; y para que esto se haga realidad, hay que hacer cambios estructurales y ordenar nuestra vida según Dios quiere. Y si realmente Jesús es nuestro “Tesoro escondido” (Cfr. Mt 13, 44), ‘venderemos’ y entregaremos lo que haga falta en nuestras vidas con tal de poseer por completo ese ‘Tesoro’.

IMPORTANCIA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Esta es una de las razones fundamentales por las cuales es urgente una Nueva Evangelización (NUEVA EN ARDOR, EN MÉTODOS EN EXPRESIONES). Y esto no está sucediendo porque se ha olvidado que el verdadero artífice de la Evangelización es el Espíritu Santo. Sólo Él (el Espíritu Santo), puede ayudarnos a realizar los cambios que el Señor nos pide hacer y que quiere se realicen en los seres humanos y nuestra sociedad a través de una “Nueva Evangelización”.

De esto se ha hablado siempre; pero recientemente y de una manera más contundente, a partir de 1975 con motivo de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (La Evangelización del Mundo Contemporáneo), publicada por el Papa Pablo VI. En esta exhortación se nos dice al respecto:

“No quisiéramos poner fin a este coloquio con nuestros hermanos e hijos amadísimos, sin hacer una llamada referente a las actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelización.

En nombre de nuestro Señor Jesucristo, de los Apóstoles Pedro y Pablo, exhortamos a todos aquellos que, gracias a los carismas del Espíritu y al mandato de la Iglesia, son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de esta vocación, a ejercerla sin resistencias debidas a la duda o al temor, a no descuidar las condiciones que harán esta evangelización no sólo posible, sino también activa y fructuosa. He aquí, entre otras las condiciones fundamentales que queremos subrayar” (EN 74).

Entre esas condiciones señala:

  1. Bajo el aliento del Espíritu.
  2. Testigos auténticos.
  3. Búsqueda de la unidad.
  4. Servidores de la verdad.
  5. Animados por el amor.
  6. Con el fervor de los Santos.

Quiero aquí destacar y citar tan sólo la primera: “Bajo el aliento del Espíritu”.

“No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo. Sobre Jesús de Nazaret el Espíritu descendió en el momento del bautismo, cuando la voz del Padre —”Tú eres mi hijo muy amado, en ti pongo mi complacencia”— (Mt 3, 17) manifiesta de manera sensible su elección y misión.

Es “conducido por el Espíritu” para vivir en el desierto el combate decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misión (Mt 4, 1). “Con la fuerza del Espíritu” (Lc 4, 14) vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret su predicación, aplicándose a sí mismo el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. “Hoy —proclama El— se cumple esta Escritura” (Lc 4, 18. 21; cfr. Is 61, 1). A los Discípulos, a quienes está para enviar, les dice alentando sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

En efecto, solamente después de la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, los Apóstoles salen hacia todas las partes del mundo para comenzar la gran obra de evangelización de la Iglesia, y Pedro explica el acontecimiento como la realización de la profecía de Joel: “Yo derramaré mi Espíritu” (Hch 2, 17). Pedro, lleno del Espíritu Santo habla al pueblo acerca de Jesús Hijo de Dios (Hch 4, 8). Pablo mismo está lleno del Espíritu Santo (Hch 9, 17) antes de entregarse a su ministerio apostólico, como lo está también Esteban cuando es elegido diácono y más adelante, cuando da testimonio con su sangre (Hch 6, 5. 10; 7, 55). El Espíritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce, inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende también “sobre los que escuchan la Palabra” (1Hch 10, 44).

“Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece” (Hch 9, 31). Él es el alma de esta Iglesia. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.

Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a El. Quiere dejarse conducir por El.

Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación (AG, 4). Pero se puede decir igualmente que El es el término de la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de El, la evangelización penetra en los corazones, ya que El es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.

El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo de que Pastores y teólogos —y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espíritu en el bautismo— estudien profundamente la naturaleza y la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día. Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora” (EN 75).

EFUSIÓN DEL ESPÍRITU

De aquí la importancia de orar y pedir al Señor una nueva efusión del Espíritu, la cual viene a ser una respuesta de Dios a la inactividad a la que llegó nuestra vida cristiana. Lo que se pide en la efusión del Espíritu es la renovación-reactivación-liberación de las Gracias recibidas el día de nuestro Bautismo y Confirmación. Dios ha hecho su parte el día de nuestro Bautismo y Confirmación, y de igual modo en cada Eucaristía (opus operatum). Al pedir a Jesús una nueva efusión del Espíritu, nosotros estamos haciendo por la fe lo que a nosotros nos toca (opus operantis). Ciertamente esta no es la única manera por la que Dios da una nueva efusión del Espíritu Santo (cfr. La vida de los Santos).

En esta oración, realizada con simplicidad, muchas veces se suele imponer las manos sobre aquellos que la reciben (cfr. Hch 8, 14-17) y, hemos de saber que su fruto procede y depende fundamentalmente de Dios; de nosotros depende el orar con fe y con amor –como expresión de una fraternidad viva- al Espíritu Santo, para que se manifieste en nosotros y en nuestros hermanos…

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Una respuesta a “La Efusión del Espíritu y la Nueva Evangelización” – Enseñanza

  1. Luz dijo:

    “Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece” (Hch 9, 31)… gracias Señor te bendigo y te alabo porque enviaste tu Espíritu a salvarme y caminar en una Iglesia viva…

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