Esperando al Niños Dios – Renovemos el espíritu y la inocencia de la Navidad

nacimiento-de-jesusQuién, en estas épocas, no “ha negociado” con los niños: buen comportamiento a cambio de que… ¡venga el niñito Dios para las fiestas! Mágicamente, en días previos a Nochebuena, aparece una comunicación telefónica o una salida inesperada de los padres al centro de la ciudad, en virtud de una entrevista; ¡es el mismísimo Jesús que interroga a los papás para luego decidir sobre la pertinencia de hacer un regalo!
Para los que somos padres, y para los que aún no lo son, también, los recuerdos inocentes de esas Navidades en familia, multitudinarias, con el pesebre de marco, la asistencia a la misa de gallos, nos inundan, y nos esforzamos para conservarlos.

Con mis escasos conocimientos de ortografía, me adentraba en la imaginación premeditada, creando un testamento de peticiones que coqueteaban, algunas veces, con una muñeca que vociferaba un “mamá, te quiero”, un jueguito de cocina, o la tan ansiada bici que nos daba paso a un nuevo desafío, sentirnos más grandes. Para mí, en el cielo, hogar del Niño Dios, había una montaña de juguetes acumulados aguardando la Navidad y mi ansiosa cartita, que algún Ángel, por mandato del Niño Dios, tenía que leer y cumplir sin chistar.

¡Todavía siguen siendo millones los niños que esperan que ese milagro mágico se produzca, a la medianoche del 24, cuando el Niñito Dios está naciendo! Existimos todavía quienes estamos decididos a no quitarles la capacidad de soñar a nuestros hijos, tan sólo porque otros ya no la tienen.

Hagamos el esfuerzo para que, en nuestros hogares, esté presente el pesebre, el rezo en familia delante de él; hablar sobre el nacimiento de Jesús, con nuestros niños, prepararles una cena agradable precedida de la bendición de la mesa.

Sepamos enseñar, a través de la oración y de la recuperación de tantas sanas tradiciones que se han ido perdiendo, que la Navidad no es sinónimo de regalos, de comer y beber desmedidamente, y, mucho menos, de paseo y diversión.

Es el nacimiento de Jesús en nuestros corazones, que tenemos la dicha de poder renovarlo todos los años; así como el evangelio es una continua renovación, donde la palabra permanece viva y nunca termina de mostrarnos nuevos puntos de vistas que son aplicables a nuestra vida. Dejemos a nuestro Señor nacer en nuestros corazones y que podamos recibir el mayor de todos los regalos, al final de nuestros días: La Vida Eterna.

Un niño que cree en la llegada de Jesús en la Nochebuena sabrá, de grande, que todo se puede esperar de Dios, que no todo es desesperanza y desánimo, que siempre habrá alguien a quien recurrir; y, aun sabiendo “de dónde salían los regalos”, comprenderá que la dicha de un regalo, por humilde que éste sea,  es la expresión clara del amor de un padre hacia sus hijos.

Con ganas e imaginación estaremos contribuyendo a restaurar el ambiente de la Santa Navidad en nuestros hogares. ¡Felicidades a todos!

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