“El Servidor” – Vivir la Misericordia – Pbro. Reinaldo Gámez

bartimeoEstando ya a las puertas de clausurar este precioso Año de la Misericordia, creo que indudablemente la invitación que nos hace el Señor es a vivir continuamente una experiencia del Amor Misericordioso de Dios. Esto implicará como hemos visto, buscar vivir siempre esta experiencia en primer lugar desde lo personal, en cuanto a sabernos -por experiencia propia-, amados incondicionalmente e indistintamente nuestra condición, por Dios que es Amor y, llegar así, por esta experiencia a tal grado de convicción de este amor misericordioso, que nos convenzamos de que este Amor no tiene límites de tiempo ni de espacio: es por toda la eternidad.

No obstante, hay otra reflexión que ha de acompañar la clausura de este Año Santo. Es la reflexión en relación a las «Obras de Misericordia» que tanto el Papa Francisco ha puesto también de relieve. La verdadera experiencia del amor misericordioso de Dios nos lleva a la práctica y comunicación de este amor que hemos recibido. ¡Esa, ha de ser nuestra experiencia! ¡No lo podemos olvidar! Tenemos que buscar de igual forma que esto se haga realidad en nuestras vidas y salir de nosotros mismos al encuentro del «otro». Esto, que seguramente hemos escuchado mucho durante el Año Santo, ¿cómo lo hemos asimilado? Pienso que es una pregunta importante para cada uno de nosotros…

El pasaje del encuentro de Jesús con Bartimeo, el ciego de Jericó sentado al borde del camino que acabamos de leer esta semana (Cfr. Lc 18, 35-43) y, que gritaba clamando la misericordia del Señor, nos advierte de un peligro que  podemos correr en medio de una sociedad que a menudo vemos desenvolverse entre el ajetreo de tanta gente que incluso sin saberlo está buscando a Jesús o, al menos se interesa por su persona, es el peligro de «acallar» al que clama la misericordia. Cierto está que si Jesús escuchó los gritos de Bartimeo que clamaba entre tanta gente y entre tanta bulla (lo cual quiere significar que Jesús siempre nos escucha porque TODOS SIN EXCEPCIÓN le importamos mucho); no quiere decir por tanto, como lo demuestra el texto que nosotros siempre escuchemos al que clama…

Vivir la Misericordia significa por tanto estar como Jesús siempre atentos al que sufre, al que clama -aún en silencio-, al que necesita; a aquel del que el Señor nos dice: «cada vez que lo hiciste con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hiciste» (Cfr. Mt 25, 40), y por tanto buscar remediar sus gritos y sufrimientos. Nos dirá el «Buen Samaritano» (Cfr. Lc 10, 37): hacernos prójimos de aquel, que en definitiva es «Aquel» que siempre está en nuestro camino. Así concluyo esta serie recordando que un verdadero discípulo, un verdadero servidor del Señor, es un auténtico testigo, instrumento de la misericordia del Señor…

Bendiciones a todos…

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