“El Servidor” – Abiertos a la Misericordia – Pbro. Reinaldo Gámez

hijoprodigoEn una oportunidad el Señor le pidió a Santa Faustina: «Escribe sobre mi misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia -refiriéndose al sacramento de la Reconciliación o Penitencia- donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes, y se repiten incesantemente» (Diario 1448).

Jesús le dice al alma pecadora: «- No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador; Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que por ti misma no eres capaz de ascender hacia mí. No huyas, hija, de tu Padre; desea hablar a solas con tu Dios de la misericordia que quiere decirte personalmente las palabras de perdón y colmarte de sus gracias. Oh, cuánto me es querida tu alma. Te he asentado en mis brazos. Y te has grabado como una profunda herida en mi Corazón».

Luego prosigue y dice: «Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién ha medido mi bondad? Por ti baje del Cielo a la tierra, me dejé clavar en la Cruz, por ti permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la fuente de la misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de mi misericordia».

Es sumamente importante abrirnos una, y otra y, otra vez, sin cesar…, a la misericordia divina… No me refiero tanto al acercarse por devoción o con la intención de recibir la indulgencia plenaria u otro beneficio cierto y loable al sacramento de la reconciliación. Me refiero a lo importante que es en nuestra vida el darnos la oportunidad de experimentar sin descanso el Amor misericordioso de Dios, que no se cansa ni se cansará nunca de abrazarnos indistintamente en el estado en que se encuentre nuestra vida… La clave: la confianza.

La confianza es el centro del mensaje que el Señor, queriendo manifestar de un modo extraordinario su Divina Misericordia, le hablase e instruyese a Santa Faustina a lo largo de su vida. El recipiente de la confianza con el que el Señor nos invita a tomar esas gracias -que «ya» están allí-, implicará sin lugar a dudas, un acto de humildad. Y lo dirá el Señor el día sexto de la novena cuando al pedir le trajesen la almas mansa y humildes, se expresa de ellas en estos términos: «Sobre ellas derramo torrentes enteros de gracias. Solamente el alma humilde es capaz de recibir mi gracia; concedo mi confianza a las almas humildes».

La clave por tanto es «Abrirse» a recibir el Amor misericordioso de Dios sin más, no poniendo nuestra confianza en nosotros, ni en nuestras buenas obras, actos de piedad, novenas, fidelidad a los compromisos adquiridos, buenos propósitos, etc…, sino en Él. Se trata de reconocer que Él lo es todo y que en Él incluso aquello que parece perdido o imposible puede ser transformado. En esta semana, antes de la última reflexión que sobre estas consideraciones que venimos tratando, te invito a meditar en estas palabras y, a pedirle al Señor con el más mínimo de humildad la gracia de su confianza. Poder decirle sin más: Señor, dame tú confianza…

 

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