“El Servidor” – Importancia de la experiencia continua de conversión en aquel que se ha decidido seguir a Jesús – Pbro. Reinaldo Gámez

caminandoconjesusAntes de seguir meditando en lo que corresponde, quizás más concretamente a lo que constituye la llamada a pertenecer a un ministerio de intercesión -aunque no exclusivo-, ciertamente los temas tratados han querido desarrollar y profundizar algunos de sus aspectos que nos recuerdan que NO NOS LIMITAMOS a una reunión semanal de oración –que es sin duda uno de los momentos que más nos ayudan a avanzar en una auténtica vida en el Espíritu-, como un momento aislado de la semana, sino que hablamos de lo que constituye toda nuestra vida. Alguno pudiera incluso pensar que ya su proceso de conversión ha terminado ó que terminó hace tiempo, incluso años, o que le falta poco para convertirse; esa idea hay que desterrarla. Por el contrario, otro pudiera pensar que la conversión y la perfección cristiana están tan lejos, que facilmente se desanima pudiendo incluso dominarlo la pereza y tibieza espiritual. A quien ha sido llamado por el Señor e invitado a seguirle, no se le exige ser un discípulo perfecto. Lo que si debe tener en su corazón es el deseo de seguir cada vez más de cerca de Jesús. Lo importante a tener en cuenta es que: la Gracia de Dios actúa, y se manifiesta progresivamente, sin una regla o método fijo (cfr. Jn 3, 8); y sin lugar a dudas la actuación del Espíritu está en relación con una serie de factores como pudieran ser: la respuesta, su psicología, su formación, etc. Dice San Agustín que: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. El proceso de conversión y santificación, depende todo de Dios (cfr. Jn 15, 5), y depende todo de ti. De tí depende tomarte un tiempo durante el día e invocar y relacionarte con el Espíritu Santo. Del Espíritu Santo depende la transformación…

Más sobre la Vida en el Espíritu y el proceso de conversión…

Lo primero sería ver qué es lo que hay en nuestro corazón. Eso lo conoceremos a la luz de Dios. El Espíritu Santo nos ilumina desde dentro y esa luz se convierte en un juicio (Jn 3, 19). Él nos hace ver lo que realmente hay en nuestro interior, y esa visión íntima nos hará descubrir el pecado que existe en nosotros ó aquellas áreas necesitadas de su acción. A medida que esa luz se intensifica, descubrimos también la profundidad de nuestro mal, y comenzamos a ver las cosas “desagradables” que “habitan” en nuestro corazón. Esta luz del Espíritu que nos ilumina, da paso a nuestra libertad: podemos aceptarla ó rechazarla. Aceptar nuestra realidad de pecado  o nuestras debilidades nos dispone para aceptar otra gracia mayor: entregarnos a Dios, rendirnos a Él y confesar que somos pecadores en su presencia. Esto con la paz y la confianza de que Dios nos acoge y acepta siempre para perdonarnos. Comenzamos a vivir con el Dios compasivo que perdona. Ciertamente podemos llegar a conocer la fuerza destructiva del pecado, -que no tiene la última palabra-; pero así mismo se nos brinda la posibilidad de conocer que es Dios quien tiene la última palabra, Él es quien puede transformar nuestro «camino» sin salida… Esta maravillosa actitud de Dios es una llamada a celebrar con humildad, gozo y confianza, el sacramento de la reconciliación (cfr. Col 1, 19-20).

Ahora un apartado para detenerse y meditar…

Es importante aclarar en este momento, que la Santidad no coincide exactamente con el perfeccionismo, ni con las prácticas de las buenas obras. No se identifica simplemente con el deseo de mejorar y crecer, ni con el hecho de situarse en la vida y sentirse reconocido y seguro por ello. La práctica de las buenas obras no es todavía la santidad misma, ya que se puede llegar a “cumplir” todo lo que se le ha prescrito a una persona, y tener el corazón lejos de Dios. La santidad por ser sólo de Dios, trasciende todo “puritanismo”, trasciende la propia seguridad y los propios derechos, trasciende incluso el deseo de la perfección donde puede resultar que la persona se esté buscando así misma, su propio culto, su propia seguridad y gloria…; y no la de Dios. Por lo general, la búsqueda de la santidad llega a pasar ordinariamente por esta crisis más ó menos profunda, la cual asumida y superada lleva a la persona a profundos cambios y transformaciones…

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