El bautismo en el Espíritu y los Seminarios de Vida…Nuestra identidad

Por: Janneth Muñoz Rendón
Teóloga y Especialista en docencia investigativa universitaria

El Pbro. Raniero Cantalamesa expreEmaus_pentecostessa que en la primera estrofa del Veni creator, encontramos tres verbos, al comienzo y al final del verso “¡Ven, visita, llena!”1 y que éstos verbos, bien pensado, plantean un serio problema a nuestra teología. ¿Cómo puede la Iglesia repetir al Espíritu Santo: “¡Ven, visita, llena!”? ¿Acaso no cree que ha recibido ya el Espíritu Santo en Pentecostés, y posteriormente, de manera individual, en el bautismo? ¿Qué significa decir: “¡Ven!” a alguien que sabemos que ya está presente?

Y continúa afirmando este autor que el problema se plantea también para la Escritura, ya que el día de Pentecostés todos quedaron llenos del Espíritu Santo; sin embargo, no mucho tiempo después, hubo una especie de segundo Pentecostés, en el que de nuevo todos “quedaron llenos del Espíritu Santo” y entre ellos también algunos de los apóstoles que ya habían estado presentes en el primer Pentecostés (Hch 4,31). De igual forma, encontramos que Pablo recomienda a algunos cristianos, bautizados desde hace tiempo y activos en la comunidad, que se llenen del Espíritu (Ef 5,18), como si antes no lo hubieran hecho.

Es importante destacar, que esta aparente contradicción es un indicio que nos puede conducir a hacer un descubrimiento. El mismo santo Tomás de Aquino, habla de las nuevas “venidas” del Espíritu Santo en nosotros y nos da una explicación teológica de este hecho, afirmando que el Espíritu Santo “viene” no porque se desplace de lugar, sino “porque con la gracia empieza a estar, de un modo nuevo, en aquellos a quienes convierte en templo de Dios”2. Y en la Summa Theologica afirmará: “Hay una misión invisible del Espíritu cada vez que se produce un avance en la virtud o un aumento de gracia…; cuando alguien pasa a una nueva actividad o a un nuevo estado de gracia; por ejemplo, cuando recibe la gracia de hacer milagros o el don de profecía, cuando, impulsado por un amor ardiente, se expone al martirio, o renuncia a sus bienes, o emprende cualquier otra cosa ardua y comprometida”3.

Sin embargo, más importante que la explicación que se pueda dar al respecto, es el hecho que acontece en nuestro tiempo y que se viene dando desde comienzos del siglo XX, con la aparición del fenómeno pentecostal y que ha adquirido proporciones nuevas hacia la mitad del mismo siglo, con los distintos movimientos carismáticos que se han ido manifestando dentro de las Iglesias tradicionales. En este contexto, encontramos el llamado bautismo del Espíritu, el cual es una renovación y actualización de toda la iniciación cristiana, no sólo del bautismo. Esta “Renovación del Espíritu” se caracteriza por la súplica humilde que cada uno hace, apoyado en la plegaria de un grupo de hermanos y que se suele ratificar con la imposición de las manos, signo que no tiene valor litúrgico, ni sentido mágico, sino el de la solidaridad de un grupo de creyentes, que confiados en la promesa de Jesús (Lc 11,13) oran y ratifican su plegaria con un gesto tradicional; acompañado además, de actitudes de humildad, de arrepentimiento, de apertura, de disponibilidad a hacerse como niños.

Conviene precisar que, esta renovación de la iniciación cristiana, está precedida no sólo por una buena confesión sino por el Seminario de Vida en el Espíritu, el cual consiste en el anuncio gosozo de la buena Nueva de Jesucristo. Toda una comunidad se prepara con fe, de modo que otros hermanos, nuevos y “llamados”, puedan abrirse por primera vez a esta acción de gracia. En otras palabras, el Seminario de Vida en el Espíritu nos ayuda a prepararnos a un día en particular… es lo que llamamos de modo más directo “el día de la efusión”. ¿Qué ocurrirá concretamente en este día para nosotros?, ¿hombres y mujeres de hoy? ¿Qué podemos legítimamente esperar? ¿Y cuál es nuestra parte? Porque si es verdad que todo brota de la iniciativa misteriosa y gratuita de Dios, es verdad igualmente, que el amor quiere ser esperado y correspondido.

En concreto, a través de la “Efusión del Espíritu” en la Renovación Carismática Católica, hacemos experiencia del Espíritu Santo, de su unción en la oración, de su poder en el ministerio apostólico, de su consuelo en la prueba, de su luz en las decisiones. Le percibimos como Espíritu que nos transforma interiormente, nos hace descubrir una nueva alegría, nos lleva a alabar a Dios, nos abre la mente a la comprensión de las Sagradas Escrituras y nos enseña a proclamar que Jesucristo es “Señor”; además, nos da el valor de afrontar tareas nuevas y difíciles, para el servicio de Dios y del prójimo.

Al respecto, el Pbro. Cantalamesa en “El canto del Espíritu”, cita textualmente el testimonio de Patty Mansfield, una de las personas que estaban presentes en el retiro de 1967, donde comenzó las Renovación Carismática en la Iglesia Católica, en el cual describe los efectos del bautismo del Espíritu sobre ella y sobre el grupo, de la siguiente manera:
“Nuestra fe se ha hecho más viva, nuestro creer se ha convertido en una especie de conocimiento. De repente, lo sobrenatural se ha hecho más real que lo natural. En una palabra, Jesús es un ser vivo para nosotros. Intenta abrir el Nuevo Testamento y leerlo como si fuera literalmente cierto ahora, cada palabra, cada renglón. La oración y los sacramentos han llegado a ser realmente nuestro pan de cada día, dejando de ser unas genéricas “prácticas piadosas”. Un amor por las Escrituras que nunca me hubiera imaginado, una transformación de nuestras relaciones con los demás, una necesidad y una fuerza de dar testimonio más allá de toda expectativa: todo esto ha llegado a formar parte de nuestra vida. La experiencia inicial del bautismo del Espíritu no nos ha proporcionado una especial emoción externa, pero nuestra vida se ha llenado de serenidad, confianza, alegría y paz…Hemos cantado el Veni creator Spiritus antes de cada reunión, tomando en serio lo que decíamos, y no nos hemos visto defraudados…También hemos sido inundados de carismas, y todo esto nos sitúa en una perfecta atmósfera ecuménica”4.

En particular, este gesto tan sencillo que renueva y hace presente Pentecostés, encuentra explicación en las palabras de Santo Tomás de Aquino, antes mencionadas. Cada vez que, en la vida espiritual o en el ministerio, nos encontramos ante una nueva necesidad o una tarea que realizar que requieren un nuevo nivel de gracia, hay una nueva misión del Espíritu Santo, y por tanto una nueva venida suya. Esta “aceleración” en el camino de la gracia, suele estar ligada a la recepción de un sacramento, aunque no necesariamente, como da a entender el propio santo Tomás de Aquino. De igual forma, San Ambrosio afirma que además de la Eucaristía y las Escrituras, es decir los signos sacramentales, hay otro camino por el cual se produce la “sobria embriaguez del Espíritu”, un camino pentecostal, libre, imprevisible, que no está sujeto a signos instituidos, que sólo depende de la soberana y libre iniciativa de Dios:
“Buena cosa es embriagarse con el cáliz de la salvación. Pero hay otra embriaguez que procede de la sobreabundancia de las Escrituras y hay también una tercera embriaguez que se produce mediante la penetrante lluvia del Espíritu Santo. Ella fue la que hizo que, según los Hechos de los Apóstoles, quienes hablaban en lenguas extrañas fueran considerados como borrachos por los oyentes”5.

En efecto, este bautismo del Espíritu, del que se ha vuelto a hablar en la Iglesia, es una de las maneras con las que Jesús resucitado continúa su obra esencial, que consiste en bautizar a la humanidad “en el Espíritu”. Él mismo, al anunciar Pentecostés, dijo: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1,5). Él fue presentado por el Padre al mundo como “aquel que bautizará con Espíritu Santo” (Jn 1,33).

Jesús es quien “bautiza con Espíritu Santo”. Toda su obra mesiánica consiste en derramar el Espíritu sobre la tierra. Esto se tiene que explicar como una renovación del evento de Pentecostés y del sacramento del bautismo y de la iniciación cristiana en general, a pesar de que ambas cosas, en la realidad coinciden y por tanto no deberían nunca estar separadas y contrapuestas. Es necesario reconocer que, ni Pentecostés puede estar sin los sacramentos (sobre todo sin el bautismo de agua), ni los sacramentos sin Pentecostés.

Cabe señalar además que, para hacer ésta experiencia pentecostal, debemos pedir con insistencia el Espíritu Santo al Padre, en el nombre de Jesús; es necesario tener una fe llena de esperanza. San Buenaventura, se preguntaba ¿Sobre quien viene el Espíritu Santo? Y contestaba de manera concisa: “Viene donde es amado, donde es invitado, donde es esperado”6.

No cabe duda que ¡El Espíritu Santo viene, siempre viene, cuando es esperado e invocado con fe!; es el propio Jesús, el que nos asegura: “Si pues vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11,13). El Espíritu Santo viene y es más, de lo que las criaturas puedan haber imaginado o esperado. Viene como el viento, porque podemos comprender qué es la libertad: Él sopla donde quiere; y soplando sacude, reanima, dona una respiración nueva. Viene como el fuego, porque es amor apasionado, porque lo puede resistir sólo quién es igualmente ardiente, de otro modo, todo puede acabar en ceniza. No podemos ofrecerle obras sin sentido, porque serán destruidas; pero sí, el deseo del bien, la sinceridad del corazón, la conciencia que Dios es todo y que todo lo esperamos de Él; y luego el don de nosotros mismos para llevarlo a los hermanos, a cualquier costo, incluso de nuestra propia vida: esto queda al paso de este “Fuego”, ya que es el Espíritu el que viene para asumir esta misión en nosotros. Nos dice: “¿Quieres de veras?”, ¡Entonces no te faltará mi potencia y mi unción! En concreto, no dejarse interpelar continuamente por su acción, no corresponder a sus iniciativas, no dejarse comprometer por sus acciones carismáticas que, para ser manifiestas, exigen encontrar una acogida en el corazón y en las acciones concretas de los hombres, significa volver a contar de nuevo con las solas fuerzas humanas, recayendo en la soledad y en el orgullo.

En suma, conviene precisar que, la efusión del Espíritu Santo es el momento central de la Renovación Carismática, la puerta de entrada a un camino de santificación personal y comunitaria. Dicho en forma puntual, la efusión es:

  • Sobre todo y esencialmente un encuentro: personal y de experiencia con Dios. Es hacer un espacio a Dios dentro de nosotros, para que su vida divina pueda vivir en nosotros y manifestarse en nosotros. Es dejar que Él establezca su relación conmigo. Es recibir su visita profunda en nuestro interior, dejándonos visitar, como Maria, para engendrar a Jesús en el mundo.
  • Es la apertura a toda la gracia, recibida ya en los sacramentos, pero que permanece a menudo inactiva en los corazones. Es el principio de una extraordinaria regeneración, una intervención nueva y especial del Espíritu Santo, por el modo en el cual ocurre y por los frutos que comporta. La fe se renueva, se convierte en certeza. Crece el hambre y la sed de Dios, el deseo de alimentarse de Él, con la Palabra, con la Comunión Eucarística, en la pertenencia a su Cuerpo místico, en el compromiso. Dones nuevos de paz, fidelidad, mansedumbre, dominio de si, contrición con relación al pecado testimonian que algo está cambiando y si perseveramos, ya no será más lo mismo.
  • Es una conciencia nueva, extraordinaria, de la misma identidad cristiana: ¡somos otros Jesús! Es el Espíritu que nos lo revela: ¡es Jesús que, por la potencia de los sacramentos, vive en mí! Y vive en el hermano junto a mí.

Por consiguiente, la efusión no es sólo una experiencia intima, a menudo mística, sino también intensamente eclesial: ¿qué otra cosa nos puede poner en relación sino la presencia viva de Dios en el corazón del hermano? Es eclesial también por la donación recíproca en que todo se desarrolla; porque Dios quiere pasar por las manos de los hombres y las mujeres, hablar por sus labios; porque los carismas no nacen sino de la comunión y a ella reconducen.

En otras palabras, recibir la efusión es entrar en la dinámica de la resurrección, que empieza progresivamente a comprometer toda nuestra vida: el pasado, el presente, los recuerdos, las relaciones, los proyectos. Todo nuestro ser viene gradualmente reconducido de la muerte a la vida; y éste acontecimiento nos vuelve testigos auténticos, con capacidad de atraer a otros hermanos hacia el remolino de la Salvación. ¡Es elegir a Jesús como único Dios y decidir el vivir movidos por su Espíritu! De manera que, el Seminario de Vida en el Espíritu nace justo del encuentro de cuántos ya han sido “encendidos” con otros hombres y mujeres, que el Señor vuelve prójimos en los caminos del mundo, y del diálogo fraterno que mana y que se vuelve paulatinamente una verdadera transmisión de vida, hasta una nueva efusión de Espíritu. Su dimensión es por tanto siempre profundamente comunitaria. En concreto, no hay seminario sin una comunidad que ya lo ha vivido y lo vuelve a comunicar; y no hay seminario que no ponga también en movimiento la gracia en la que somos llamados, a animar, testimoniar, enseñar. Nadie puede en efecto comunicar el Espíritu sin estar a su vez lleno de nuevas y más grandes manifestaciones, ya que los carismas crecen ejerciéndolos. Para quien ha conocido el Amor, testimoniarlo es una “exigencia”. Para quién vive en el Espíritu organizar un seminario es un verdadero acto de caridad espiritual: nosotros ya no podemos pasar de largo delante de las necesidades de nuestros hermanos como si la cosa no nos concerniera, como si pudiéramos retener para nosotros la vida recibida sin generarla al mundo.

En otras palabras, es más que socorrer a los hermanos. Es entrar, una vez más “juntos”, en “la alianza personal”, íntima, directa que Dios no deja de ofrecer a cada hombre y a la Iglesia toda: “alianza con Él” y “alianza entre nosotros”, con vínculos carismáticos que no tienen comparación. Nosotros queremos salvarnos juntos, como familia, grupos, comunidad; de veras tendría poco sentido para cada uno de nosotros, después de lo que el Señor está haciéndonos gustar sobre esta tierra, querer presentarse solo en el “Paraíso”.

De modo que, el seminario de vida en el Espíritu conformado por una serie de temas Kerigmáticos, que resumen la historia de la salvación hasta alcanzar la configuración con Cristo, es una experiencia de evangelización. En él se proclama el amor de Dios, se anuncia de modo claro e inequívoco la salvación y el señorío de nuestro Señor Jesucristo y se invita a los cristianos a llevar una vida nueva, dinamizada por la presencia del Espíritu Santo en comunidad. Cabe señalar además que, el Seminario de Vida en el Espíritu, continúa la linea de fidelidad a la predicación apostólica, que empezó a escucharse desde la mañana de Pentecostés y que sólo es una ocasión que prepara al hombre para que se abra a la gracia de Dios, y pueda así tener la experiencia personal de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo.
En síntesis, el seminario de Vida en el Espíritu desea lograr que cada cristiano viva la vida abundante mediante la presencia y la vivencia de los siguientes objetivos:

  • El descubrimiento progresivo de Dios.
  • La aceptación personal de Jesucristo.
  • La apertura a la acción carismática del Espíritu Santo.
  • El compromiso del cristiano con el hombre y con el mundo.
  • La formación de la comunidad cristiana.

Como es sabido, la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que acaba de concluir en Aparecida (Brasil), nos invita a mirar hacia la gran Misión Continental; en éste marco, la Renovación Carismática Católica, cuenta con una gran fortaleza que le permite responder a éstas exigencias, con los Seminarios de Vida en el Espíritu y la experiencia de la Efusión que trae como consecuencia inmediata la vida en comunidad, camino básico para alcanzar el crecimiento y la transformación en Cristo por la acción del Espíritu. Nos corresponde por lo tanto, al celebrar los 40 años de la Renovación Carismática en la Iglesia Católica, afirmar nuestra identidad y reconocer en éstos dos aspectos fundamentales del “ser carismático”, una riqueza del Espíritu para toda la Iglesia. Estamos por consiguiente, llamados a fortalecer los seminarios de vida en el Espíritu, a reconocer en ellos medios eficaces para la evangelización del contexto.

No obstante, es preocupante encontrar comunidades y grupos de oración de la Renovación Carismática Católica, que no han vuelto a promover los Seminarios de Vida en el Espíritu, o que en su desarrollo han descuidado elementos que los hacían únicos; es lamentable encontrar que en la mayoría de los casos los seminarios se “dictan” en un fin de semana, de manera acelerada con el único objetivo de evacuar la temática que éstos contienen, sin dar lugar a vivir en la oración, cada momento del Kerigma que permita progresivamente alcanzar la experiencia del encuentro que vivifica. Y lo que es peor aún, descuidar por los mismos afanes “el día de la efusión”, el cual en la mayoría de los casos ha quedado reducido a un pequeño instante de oración comunitaria, sin ninguna trascendencia para quien lo recibe. En este orden de ideas, es importante preguntarnos sobre la frecuencia con la cual estamos organizando los Seminarios de Vida en el Espíritu, ¿cuándo fue la última vez que lo hicimos? ¿Hemos cuidado suficientemente el día de la efusión? Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. En resumen, cuarenta años de vida en el Espíritu, constituyen para la Renovación Carismática Católica, una invitación a recuperar y a afianzar su identidad, en aras de discernir y poner en marcha la misión que Dios le ha encomendado en nuestra Iglesia y en el mundo.

Finalmente, quiero concluir éste artículo citando las palabras inspiradas que en una solemne asamblea ecuménica un obispo oriental pronunció:

“Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos;
Cristo queda en el pasado;
el Evangelio es letra muerta;
la Iglesia, una simple organización;
la autoridad, una dominación;
la misión, una propaganda;
el culto, una simple evocación;
la vida cristiana, una moral de esclavos.
En cambio, con el Espíritu Santo,
el cosmos se levanta y gime en el parto del Reino;
el hombre lucha contra la carne;
Cristo está presente;
El Evangelio es fuerza de vida;
la Iglesia, signo de comunión trinitaria;
la autoridad, servicio liberador;
la misión, un Pentecostés;
la liturgia, memorial y anticipación;
la vida humana es divinizada”7

1 CANTALAMESA, Raniero. El canto del Espíritu. Meditaciones sobre el Veni creator. PPC, Editorial y Distribuidora, S.A. Madrid. 1998. P. 61.
2 SANTO TOMÁS DE AQUINO: Comentario al Evangelio de Juan, XV, n. 2061.
3 Íd.: Summa theologica, I, q. 43, a. 6, ad 2.
4 Testimonio de Patty G. Mansfield. Citado por: CANTALAMESA, Raniero. El canto del Espíritu. Meditaciones sobre el Veni creator. PPC, Editorial y Distribuidora, S.A. Madrid. 1998. P. 63-64
5 SAN AMBROSIO. Comentario a los Salmos, 35,19. (CSEL 64, p.63 ss.).
6 SAN BUENAVENTURA: Sermón para el IV domingo después de Pascua, 2 (Quaracchi, IX, p.311).
7 IGNACIO DE LATAKIA. Discurso a la III Asamblea Mundial de las Iglesias, julio de 1968.
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